El Arte Como Transgresión.
Esta publicación llega tarde. La escribí la semana pasada en el celular; al bajar del tren e ir a lo mío, olvidé almacenar el texto. Al rehacerlo, siento que no es tan bueno como el original, pero no por ello no merecedor de publicarlo; solo se hace a destiempo. (Me disculpo conmigo).
El recuerdo de Julián en el barrio Ocampo.
La ley de Ribot postula uno de los mecanismos más interesantes de la memoria: entre más viejo es un recuerdo, más posibilidades tiene de perdurar en la memoria. De la Samaná de mi infancia, recuerdo el barrio Ocampo, su calle sin andén que inicia en una pendiente y termina en un voladero, paralela a la manzana que contrapone el comando de policía al hospital, por la presencia de la casa campesina y el hotel centenario. De esa calle recuerdo la casa donde nací, también la primera casa que mis padres construyeron. -posteriormente regalaron huyendo de la violencia de la que se hizo testimonio esa calle, en la época en la que las FARC intentaron tomar el pueblo-.
De esa calle también recuerdo mi primer gol, mis primeros amigos, mi primera caída en bicicleta; sobre la caída, recuerdo al hijo menor de Ligia empujándome en la bicicleta para darme impulso, ya que no alcanzaba el pedal. Recuerdo a ese muchacho diciendo: «... Mire siempre al frente, porque donde va el ojo, va la bici»; recuerdo mirar el poste, mis manos en la cabrilla y la incapacidad de mirar para otro lado, recuerdo estrellarme de frente contra el poste. Recuerdo sangre en mi frente. Recuerdo despertar en los brazos de Julián que corría conmigo desmayado camino a las urgencias del hospital. Recuerdo dos puntos de sutura en la frente —la primera vez que me cosían el cuerpo—, la cicatriz aún me acompaña y, cada vez que la veo, este bucle mnésico se activa. Recuerdo contarle a varias personas la historia de la cicatriz como anécdota de mi amistad con Julián.
Ligia y sus dos hijos artistas.
Ligia fue una vecina y, a pesar de los años y la distancia, amiga de la familia. Para mí, la mujer más montañera que conozco: en mis recuerdos, la veo despertar y poner el café al fuego, calentar las arepas y prender un cigarrillo; al tiempo alistaba a sus hijos para ir a estudiar. Trabajadora como ninguna, hacía aseo, vendía almuerzos y embutía morcilla. Toda la vida se las arregló para trabajar en lo que fuera, pero cuando tenía tiempo libre, se dedicaba a lustrar el piso de cera y lavar cada prenda y sábana de la casa, todo oliendo decorosamente a limpio, también a cigarrillo.
Ligia es madre de los dos samaneños más brillantes que conozco (amén de Rubian Zuluaga), artistas plásticos con mucha sensibilidad, pero más talento; aunque ambos en las antípodas el uno del otro. Fabián Salazar y Julián Jimenez, a sus maneras, dibujantes y pintores. En Samaná no serán relevantes sino recién después de que mueran, porque los artistas, cuando están vivos, parecen no servir para nada. Ellos, a su forma, dan pistas de la historia de un pueblo, de una época, de su visión de estos tiempos.
La casa de Ligia tiene una salida trasera que da hacia la entrada de urgencias del hospital municipal. Hace unos años, allí quedaba la morgue. En medio de un pueblo que vivió el conflicto interno, ese acceso trasero fue palco desde donde se veía descargar cadáveres. Hace un par de años en un pódcast del acervo cultural de la patria samaneña, Julián compartía su visión de esas épocas.
Escucha aquí, el capítulo del Podcast “El Eco”, sobre la memoria oral de Samaná.
Y así, tan cercano a la muerte, tan despierto y tan sensible, Julián construyó una estética transgresora. «...Si uno le da un propósito al arte, el único que tiene gracia es transgredir» alguna vez dijó. Si bien su talento fue testimonio histórico de la época de violencia, sus intereses se fueron movilizando; cuando yo estaba terminando el bachillerato, él se interesó por la guitarra y el tiple. Coincidimos en las clases de música en el centro cultural: él en el grupo de cuerdas y yo, con la banda municipal. Ambos salimos al mismo tiempo a la universidad, él a hacer Artes Plásticas en la Nacional en Bogotá. Allá encontró otras razones e intereses, aunque la muerte como motivo artístico se dejaba ver de vez en cuando.
Maestro, aunque les pese.
Durante la época de la universidad tuvimos poco contacto. En algún momento cruzamos palabras por las recién nacidas redes sociales. Me hablaba de su interés en hacer «porno» ilustrado. Desde esa época, también su obsesión por los volúmenes redondos: «me encantan las gordibuenas… prefiero que sobre y no que falte». A diferencia del retrato pueril de las gordas de Botero, Jiménez era obsesivo del gesto erótico, de la mueca morbosa. En los ires y venires de la vida nos hemos cruzado, como amigos pero también como enemigos: su concepto de moralidad y del deber, aun sintiéndome liberal, nos ha opuesto. Mi ambición de perdurar y construir un legado, para él son pajazos mentales. Tan cercanos y tan opuestos que él ve todos los reparos y contradicciones en los alucinógenos que él no percibe del licor, maldito licor que aborrezco en parte porque es culpable de secuestrar al más brillante Julián que conozco.
Y aun así, entre los odios y los amores que podemos compartir como amigos, paisanos, vecinos, hermanos… nunca he recibido de él el oprobio y las maldiciones que con tanta pasión le ofrecí, porque aun apasionado, reaccionario, provocador, Julián es un hombre noble como ninguno he conocido. A él confié las llaves de mi casa, de mis pasiones y de mis fracasos. Hemos pintado chulos y hemos formado bandas de punk imaginarias. Él me hizo dibujar y yo a él lo hice rapear. Por eso cuando volvió a Samaná, después de tantos años de vida en Bogotá, pensé que era un retroceso, que el alcoholismo lo borraría, que la monotonía de la vida de pueblo encapsularía su espíritu… pero nada más distante.
Como la mala hierba, encontró una grieta para florecer y hacerse parte del paisaje. Haciendo pintura costumbrista de la cultura de la montaña, retratos de perros y familiares, logra llevar los pesos al bolsillo sin dañar a nadie. Allí también ha encontrado la forma de hacer memoria histórica, contando del avión fantasma, de los desaparecidos, de la riqueza estética del monte. Más allá de lo representativo, su obra es un relato; un relato no solo de dolor y violencia, sino también de rebeldía, de querer seguir, pese a todos; pues la verdad es que a las personas les molesta ver cómo es el verdadero cinismo, o el estoicismo de un artista que lo único que hace es dejar testimonio del mundo como lo ve.
Zoon politikon
Su llegada al asunto político es, por tanto, obvia. Una persona con un discurso formado, que encuentra las formas de sobrevivir donde todo el mundo dijo que no era posible, tiene la posibilidad y el derecho de manifestar su opinión. Aunque les pese, es mucho más ciudadano del mundo, igual ante la ley que cualquiera. El hecho de que con sus recursos, con su oficio y con sus ideas se haya tomado la plaza pública solo, habla de las cualidades de este sujeto que no tiene por qué cortarse más allá de lo que la ley indica: sus derechos llegan hasta donde llegan los derechos de los demás; de nadie es derecho que él se calle.
Qué incomodidad le resulta a algunos sentir que se pisan callos, pero eso es problema de ellos, porque hablan de que lo vieron golpeando a una persona de la tercera edad; hoy día, donde hay al menos dos cámaras en cada mano, es imposible creerlo cuando no hay ninguna evidencia de ello. Julián es transgresor, pero nunca violento. Son más de 30 años sabiendo de él y nunca lo he visto irse a los golpes, no solo porque no lo sabe hacer, tampoco lo necesita: lo de él es pensar y crear. Nadie habla de lo incómodo que puede resultar la personalidad de un artista, máxime si vive rodeado de todas las normas de un mundo vetusto.
Y así, siendo animal político, usó su arte para hacerse sentir. No les duele que les digan marranos por asistir a apoyar a un político con antecedentes judiciales y carcelarios; les duele más que les digan que se acabó la aguamasa, porque la verdad es que Samaná es un pueblo donde no hay trabajo, no hay oportunidades, no hay nada más que el ocio del pan y el circo, todo gracias a políticos como el matarife que fue a decirle a la gente que quiere apoyo para que todo siga así.
Uribe nunca fue a Samaná cuando más se le necesitó. No se pronunció sobre la fosa común en que se volvió el cementerio municipal lleno de cadáveres de N. N., no explicó por qué un pueblo con tanta riqueza forestal, pecuaria e hídrica es uno de los pueblos más pobres del Eje Cafetero. Mucho menos iba a explicar las razones por las cuales la guerrillera Karina, encargada de azotar la región en la época de su presidencia, fue nombrada gestora de paz bajo su mandato presidencial. Uribe solo fue a arriar marranos para votar por Paloma Valencia; son evidentes los motivos de su visita en época electoral. La agresión contra el maestro Julián Jiménez es la muestra de que pensar diferente es peligroso. Desde la distancia, mi apoyo para él; el deseo de que no le pase nada, que no aparezca con las botas al revés.
* Todas las imágenes de esta publicación, son propiedad y autoria de Julián Jiménez.




